¿Es el mundo una mercancía?
Ha devenido banal decir que el mundo no es una mercancía, que hay que rechazar la “mercantilización de la vida”. Pero nadie osa afrontar el problema central: ¿dónde reside exactamente esta falsedad, esta inversión de la realidad que atribuimos al dinero y al consumo? Marx ya había respondido hacía más de un siglo: los humanos fetichizan el “valor”, fabrican un concepto todopoderoso, un nuevo dios que no tiene nada que ver con la realidad de sus vidas y de sus necesidades.