MARX 2000. La importancia de una teoría dada por muerta para el siglo XXI

MARX 2000. La importancia de una teoría dada por muerta para el siglo XXI

Después del hundimiento de los socialismos de Estado, el capitalismo ha dado la vuelta a la conocida sentencia marxista del sepulturero y la ha integrado en su repertorio. Pero si por enésima vez se vuelve a cavar una fosa para la teoría de Marx, lo que la ciencia académica oficial entierra es con toda seguridad el cadáver equivocado. Aunque haya sido desguazada para fines de legitimación por las dictaduras burocráticas de los socialismos de Estado, si nos atenemos a su auténtico contenido la obra de Marx no representa una teoría positiva de la “construcción del socialismo”, sino muy al contrario una teoría negativa de las crisis del sistema productor de mercancías. El campo lógico y analítico de referencia es, por tanto, el capitalismo presentado desde el punto de vista de su futura culminación en una crisis.

La instrumentalización ideológica para los problemas de una “modernización rezagada” en la periferia subdesarrollada del mercado mundial -desde la Revolución de octubre hasta los así llamados movimientos de liberación del Tercer Mundo– ha oscurecido completamente ese núcleo teórico. Pero no se trata de un “error” intrateórico, sino del curso de la historia real. De hecho, el siglo XX no estuvo dominado por una crisis sustancial del modo de producción capitalista, sino por las crisis de asincronía histórica que generó la disparidad global en la intensidad del capital y en la productividad dentro del sistema. Cuando los rezagados históricos apelaban a un Marx recortado y desfigurado como soporte ideológico legitimador para presentarse como socios independientes y aptos capaces de participar activamente en el universo burgués del mercado mundial, en cierta medida estaban en su derecho. Pero el intento tenía necesariamente que fracasar en razón de los criterios de un sistema que se creía poder domesticar a través de la moderación estatal.

El colapso de los sistemas de mercado de planificación estatal ha dejado al capitalismo occidental a solas consigo mismo. Se ha convertido en un sistema total, unipolar, globalizado y “sincronizado” y ya no tiene ninguna posibilidad más de cebarse ideológicamente con las estructuras externalizadas de su propia asincronía histórica, elevadas desorbitadamente a supuesto contra-sistema. Pues la autolegitimación occidental ha vivido de los déficits de la “modernización rezagada” juzgada en relación con el estadio evolutivo de los países capitalistas más desarrollados (ideología del consumo de mercancías, campañas de derechos humanos, etc.). Ahora el capitalismo tiene que hacerse valer por sí mismo, y ahí fracasa miserablemente. Cada año se vuelve más inverosímil vender el incremento imparable y masivo de la miseria en el Este y en el Sur como mera “herencia” de los extintos sistemas socialistas. Sería completamente irrisorio querer hacer responsable al viejo y malvado enemigo de la creciente pobreza y de la degradación social en Occidente. Lo que sucede ahora es producto exclusivo de la única e inimitable “economía de mercado”.

En esta engañosa situación social no solo no habría que olvidar a Marx, sino que habría que descubrirlo por fin y leer su teoría con nuevos ojos, como una teoría del desarrollo y de las crisis del sistema moderno de producción de mercancías (un concepto que, desde un punto de vista lógico, abarca tanto al capitalismo occidental como a los sistemas de modernización rezagada de los socialismos de estado). Semejante lectura de la teoría de Marx, “a contrapelo” de su interpretación habitual, exige sin duda dos cosas. En primer lugar, su historización; es decir, quitarle el polvo de aquellos elementos en los que el propio Marx pensaba aún dentro del horizonte de la modernización burguesa. Pero, en segundo lugar, esa lectura requiere dar un giro de ciento ochenta grados a la teoría de Marx; esto es, no entenderla ya como una representación positivista de las categorías capitalistas (que a continuación habría que “dominar” en la forma no revocada de subjetividad burguesa), sino –al contrario– como su crítica inmanente radical. En otras palabras, habría que reconocer en la teoría de Marx las contradicciones históricamente condicionadas y superarlas. Solo con un signo negativo en vez de uno positivo puede convertirse esta teoría de nuevo en una carga teórica explosiva.

1 EL CONTENIDO DE LA TEORÍA DEL VALOR-TRABAJO

El concepto de “trabajo” es constitutivo para todas las sociedades modernas en un doble sentido, esto es, en un sentido económico-estructural y en un sentido ético-moral. La ética protestante del trabajo, en cuanto secularización del masoquismo cristiano del sufrimiento, fue asumida por el liberalismo ilustrado y se incorporó al marxismo como herencia burguesa. Lo mismo ocurrió con la economización de la categoría positiva de trabajo heredada del protestantismo, economización realizada por los clásicos de la doctrina económica burguesa y, siguiendo su estela, por Marx. No obstante, no se trata de meros asertos teóricos de carácter especulativo, sino de la reflexión teórica del modo de producción capitalista en su desarrollo real. El “trabajo”, esto es, el gasto de energía humana para los objetivos de la (re-)producción social, aparece en esta interpretación como la sustancia del valor económico que se representa a su vez en la forma fenoménica del dinero (la “mercancía universal” segregada). En cuanto objetos del trabajo, las mercancías son objetos de valor y tienen precio monetario.

La subjetividad burguesa interpreta esta conexión como algo positivo y ya interiorizado. Y en la medida en que Marx argumenta desde una perspectiva de teoría de la modernización, también encontramos en él esta postivización. En este sentido la obra de Marx se revela como descendiente de la ideología liberal y de la doctrina económica clásica; aunque dé muerte a la teoría-madre, su obra sigue llevando los rasgos maternos. Pero precisamente este Marx positivista es el conocido Marx “exotérico” del movimiento obrero y la lucha de clases. El modo de hablar del plusvalor como la forma de un “plus-trabajo no remunerado” y de una “explotación” de los trabajadores por los capitalistas determinada estructuralmente lleva a reclamar “todo el valor” para la “clase trabajadora”. De esta manera se positivizan el valor y el “trabajo” como categorías de la forma y la substancia de la sociedad capitalista, convirtiéndolas en condiciones de existencia a la vez ontológicas y suprahistóricas.

El problema de la contradicción social se disuelve de esta manera en relaciones subjetivas de voluntad, dado que las categorías estructurales mismas, en cuanto categorías neutrales, positivas y ontológicas se han convertido en un a priori mudo. Parece como si el capitalismo consistiera en que una clase de sujetos dominadores hiciese trabajar a otra clase oprimida de sujetos trabajadores en provecho de la “clase dominante”, que obtendría de ello riquezas materiales y bienestar. Si bien de manera imprecisa y contradictoria en la conceptualidad y en la exposición, la dimensión profunda de la teoría de Marx apunta a una interpretación completamente distinta. En esta lectura el “trabajo” ya no aparece como substancia positiva, sino negativa, y el valor, correspondientemente, como la forma de una socialización negativa. La sustancia del valor, basada en el trabajo, es objetiva y real, pero solo dentro del sistema moderno de producción de mercancías. En ningún otro modo de producción y de vida ha adoptado la actividad práctica de la sociedad en el “proceso metabólico con la naturaleza” (Marx) el contenido sustancial de la abstracción “trabajo”, un contenido socialmente universal (omniabarcante) que ha dominado, en la forma valor, la totalidad del proceso de reproducción.

En ese sistema, el dinero, la forma palpable de manifestación del valor, se retroalimenta a sí mismo. En el proceso de valorización del capital, que hace del dinero más dinero, éste se convierte en un fin en sí mismo de carácter procesual. Pero si la sustancia del valor, y con ello del dinero, es el “trabajo”, también este último se define como fin en sí mismo, esto es, como puro gasto de energía humana que se retroalimenta a sí mismo. Solo la retroalimentación sistémica convierte al “trabajo” en “trabajo” y al dinero en dinero, invirtiendo el carácter de medio del “trabajo” en el “proceso metabólico con la naturaleza”, así como el carácter de medio del dinero en el proceso metabólico de la sociedad, convirtiéndolos en un fin en sí mismo. Un fin que siempre se antepone a los sujetos de la acción. Esta paradójica autonomización irracional de los medios o del médium es lo que Marx denomina el “sujeto automático” de la modernidad.

Lejos de ser ellos mismos los sujetos de todo este montaje, los propietarios y gerentes del capital se revelan, más allá de sus objetivos personales, como meros funcionarios de ese “sujeto automático”; además, en relación con el gigantesco despliegue, las gratificaciones para los llamados dominadores parecen directamente irrisorias y quedan muy por detrás del consumo de lujo de todas las élites pre-modernas, incluso se han vuelto más estúpidas y mezquinas con el desarrollo capitalista más avanzado. Mejor que el concepto de “explotación” (concebido de forma subjetiva y restrictiva), lo que se correspondería con esta interpretación de las condiciones de vida y de producción capitalista sería el concepto de “malgasto” de la capacidad de trabajo. No se priva a los asalariados su propio producto social, sino que la producción de riqueza social se subordina a las restricciones sistémicas de un fin en sí mismo de carácter monstruoso

Por el hecho de que el medio autonomizado (“trabajo”) o el médium (dinero) se vuelvan autorreferenciales, se produce una paradójica “relación social entre las cosas” (Marx), al tiempo que los seres humanos no se relacionan directamente entre, sino que permanecen aislados unos de otros y solo se socializan a través del carácter de valor de los productos. Esto es lo que Marx llamó fetichismo de la forma mercancía. El empleo de los recursos sociales no se produce a través de las instituciones mediante una regulación comunitaria consciente, sino mediante un gasto ciego de energías de trabajo para mercados anónimos cuyo ajuste social solo se produce a posteriori y “a espaldas” de los sujetos implicados de manera igualmente ciega y objetivada por las leyes del sistema; es decir, dichos ajustes nunca están garantizados (lo que, como es sabido, fue celebrado por Adam Smith con el topos de la “invisible hand”, aunque las fricciones que produce semejante constitución ciega de lo social son evidentes).

En el fetichismo de una socialización de las cosas muertas y no de los individuos vivos, que es lo que constituye la esencia del “sujeto automático”, se produce una relación entre forma y contenido sustancial que es a la vez real y fantasmagórica. La actividad humana concreta en la transformación de la naturaleza es asocial y particular (“empresarial”), aunque no es autárquica en ningún momento, sino que está organizada desde una dependencia universal y recíproca. La socialización secundaria a través del mercado requiere dos cosas: primero, la actividad productiva queda desprovista de toda determinación concreta, convertida en una actividad de mero “gasto de nervio, músculo y cerebro” (Marx) generadora de abstracción y, solo de esta manera, en “trabajo” abstracto, con el fin de hacer conmensurables las actividades y los bienes cualitativamente diferentes en el intercambio de equivalentes; segundo, este gasto abstracto de energía social y humana (en la cuantificación válida para el correspondiente estándar de productividad), aunque en cuanto proceso real ya pertenezca al pasado, aparece ahora como una propiedad social y como la sustancia de los productos, que a su vez recibe a través de la “mercancía universal” segregada que es el dinero su expresión en la forma de precio monetario.

Sin embargo, dado que el dinero, en cuanto capital monetario, representa en la “valorización del valor” el factor general y autorreferencial (y en cuanto tal también el punto de partida), la actividad concreta de la relación productiva de los hombres con la naturaleza tiene lugar desde el principio solo con vistas a (y para el fin en sí mismo de) la abstracción que se ha materializado literalmente en el valor y el dinero. La inversión entre el fin y los medios se corresponde, por tanto, con una inversión entre lo concreto y lo abstracto; lo concreto ya solo es expresión de lo abstracto en vez de al revés. El llamado “trabajo concreto” y el correspondiente espectro de “valores de uso” no son el lado “bueno” del sistema, es decir, el lado orientado a las necesidades, sino solo la forma concreta de manifestación de una abstracción real. Porque la actividad productiva concreta aparece socialmente solo como “soporte” de esa abstracción. No existe por sí misma, sino que está sometida al dictado de la “valorización del valor”. De ahí que el “trabajo concreto” produzca también resultados irracionales y destructivos por el lado del valor de uso; y ciertamente contra la mejor intención de los implicados, que a pesar de todo permanecen encadenados a la coacción estructural del sistema.

Naturalmente, lo fantasmagórico es la dimensión de valor de los productos en cuanto portadores de la “substancia de trabajo” gastada y convertida en algo abstracto. Pues, primero, en cuanto gasto abstracto de energía, la actividad productora no puede separarse realmente de la figura material y sensible del “trabajo concreto”. Este proceso, en cuanto automatismo implícito, solo tiene lugar en el inconsciente social que produce la abstracción, aunque en el dinero esa abstracción adquiera realmente forma de cosa. A través del dinero la sociedad se enfrenta con su propia abstracción inconsciente como un poder autonomizado y extraño. En segundo lugar, la actividad productora, dado que se trata de un proceso vivo, tampoco puede retenerse realmente en los productos como un “material sui generis” abstracto en forma “solidificada”. Los integrantes de la sociedad, separados socialmente unos de otros y solo a posteriori vinculados a través de los productos, deben alucinar que el “trabajo” que han realizado es una cualidad de los productos (y dar comienzo a su actividad productiva en la retroalimentación sistémica ya desde la perspectiva de esta cosificación abstracta y alucinatoria). Solo una criatura socializada en las categorías del sistema productor de mercancías podrá percibir la propiedad alucinatoria del valor y del precio, que no puede identificarse materialmente en ninguna parte. Sin embargo, esta alucinación fetichista no es arbitraria ni accidental. La cantidad de trabajo socialmente válida de acuerdo con el correspondiente estándar de productividad ha de gastarse efectivamente. El fin en sí mismo del capitalismo, que se manifiesta como un sistema productor de mercancías, solo adquiere consistencia y puede reproducirse en cuanto relación de proporción social-alucinatoria de quanta de trabajo gastadas efectivamente (en forma concreta y física).

El análisis marxiano de la estructura profunda capitalista y del fetichismo incluido en ella, análisis que desvela el carácter negativo de la substancia de trabajo y de su forma valor, ha sido ignorado de manera vergonzante por el marxismo del movimiento obrero, y la economía oficial lo ha rechazado como una “chorrada filosófica”. En su rechazo de la teoría de Marx, la ciencia académica recusó incluso la enseñanza de los clásicos burgueses que identifica la cantidad de trabajo empleada como contenido del valor económico. Del concepto positivo de trabajo la conciencia dominante sólo ha conservado la significación ética represiva y la moralidad coactiva, acorazándose así en su ignorancia frente al conocimiento de la constitución social irracional que ya latía en el concepto marxiano de fetiche. La doctrina económica se trivializó en una teoría de la utilidad marginal o en una doctrina subjetiva del valor, que disuelve el concepto de valor en la manifestación del precio y deriva a su vez el precio del cálculo de utilidad puramente subjetivo de los participantes en el mercado (a los que supone como tales a priori). Esta teoría posclásica ya no puede ni quiere realmente explicar nada, sino solo representar matemáticamente los cálculos de los sujetos que actúan en el mercado. En las ciencias sociales la matemática entra siempre en escena una vez que se ha perdido el concepto crítico y ha de posibilitarse el manejo de la descripción de una estructura social que carece de concepto.

Sin embargo, que el precio no tenga nada que ver con una substancia objetiva del valor, sino que coincida exactamente con las valoraciones subjetivas de utilidad, es algo que solo puede parecer plausible en situaciones extremas fuera de las relaciones sociales implícitamente aceptadas; por ejemplo, en el famoso “vaso de agua en el desierto”, cuya utilidad marginal se elevaría casi hasta el infinito. Pero estos ejemplos no son serios, porque están fuera de las prácticas ordinarias de las acciones socioeconómicas y, con ello, del área temática de la doctrina económica. Por el contrario, en la socialidad real del sistema productor de mercancías, el valor explicativo de las apreciaciones de utilidad marginal de los valores de uso es completamente nulo. Pues, ciertamente, los participantes en el mercado sopesan en la compra su utilidad subjetiva y el precio a pagar, pero no lo hacen libres de condicionantes, sino bajo condiciones objetivas que les han sido impuestas y que se introducen en su cálculo a priori y de modo irreflexivo. La doctrina subjetiva del valor o del precio trastoca así causa y efecto. Pues normalmente solo se dispone de un bien en gran abundancia porque aumenta la productividad, es decir, porque se reduce la cantidad de trabajo por ejemplar y, de este modo, se puede reducir el valor objetivo de la mercancía singular por medio de una disminución de su substancia de trabajo. En el mejor de los casos la ponderación subjetiva de la utilidad tan solo sigue el curso de la productividad social en el gasto de la substancia de trabajo.

Sin embargo, la sensación de mayor o menor utilidad en función del grado de la propia necesidad no regula en absoluto la producción de bienes. Cuando, por ejemplo, para gran número de desempleados y receptores de ayuda social aumenta la apreciación subjetiva de la utilidad de bienes inalcanzables para ellos, los precios de esos bienes no aumentan, sino que más bien caen, porque pese a la creciente necesidad del producto la demanda ha disminuido por falta de poder adquisitivo. Sería puro cinismo buscar la causa de la caída de los precios (por ejemplo, en un golpe deflacionario) en el hecho de que la utilidad marginal de los bienes ha disminuido por la satisfacción de las correspondientes necesidades. Y, al contrario, una escasa demanda tampoco llevaría a la caída discrecional de los precios muy por debajo de la substancia de trabajo objetivada a través del estándar de productividad, sino más bien a un cese de la producción a pesar de que las necesidades (incluso las más elementales) queden sin cubrir y de que exista una capacidad productiva más que suficiente.

La escuela de la utilidad marginal o la doctrina subjetiva del valor, junto con sus diversos desarrollos en el siglo XX, ignora completamente que el orden social capitalista basado en la economía de mercado no está determinado por los sujetos que actúan en la esfera de la circulación, sino por el irracional fin en sí mismo de la producción. La inversión que el capitalismo produce entre el fin y los medios, analizada por Marx, lleva a que los seres humanos no puedan aparecer como demandantes en los mercados antes de haberse dejado primero la piel en los mercados de trabajo en nombre del fin en sí mismo del sistema. De ello se sigue que el mercado no es el lugar en el que se acoplan las estimaciones de la utilidad de los valores de uso de los diferentes sujetos productores. El mercado, el lugar de la aparente “libertad” compra y venta en el ámbito de la circulación, solo representa la esfera de “realización de la plusvalía”, es decir, de la reconversión de aquellos quanta de trabajo gastados en la forma del capital monetario. Por tanto, el mercado de mercancías es solo una etapa de paso del fin en sí mismo del capitalismo, en palpitación incesante, y está muy lejos de constituirse por una suma de estimaciones subjetivas de utilidad. Al contrario, esas estimaciones de utilidad solo pueden moverse en el marco de las leyes sistémicas dadas en el capitalismo. El concepto mismo de utilidad está determinado por ellas y no por el bienestar y la satisfacción de necesidades de los participantes en el mercado.

2 LA CAÍDA TENDENCIAL DE LA TASA DE BENEFICIO Y LA LEY DEL COLAPSO DEL CAPITAL

Lo que preocupa a los ideólogos de la ciencia económica en su negación de la substancia objetiva del trabajo resulta fácilmente reconocible. El problema de la sustancia debe ser eliminado porque el capitalismo posee una tendencia inherente a hacer innecesaria y obsoleta esa sustancia, pero por ello tiende también a destruirse a sí mismo. Por ello, para una conciencia que solo puede y quiere pensar en las categorías burguesas de la forma (circulación, intercambio de mercancías y sus “relacionalidades”), la forma ha de mantenerse desvinculada e –independientemente de con qué ilusiones pseudoemancipatorias– eternizarse, mientras que ideológicamente se priva de realidad al contenido sustancial para no tener que admitir la potencialidad catastrófica de su desarrollo real y, con ello, el hecho de que el intercambio de mercancías y su formas de conciencia se vuelven inexorablemente obsoletos.

La autocontradicción sistémica que lleva al capitalismo a destruir su propia sustancia fetichista viene dada precisamente por el ensalzado mecanismo de la competencia que impulsa la dinámica capitalista. La competencia entre los empresarios particulares, producida a través de mercados anónimos, exige incrementar constantemente la productividad, algo que a la larga solo puede lograrse sustituyendo la fuerza de trabajo humana por formas de “agencia técnico-científicas” (Marx). Esto significa que la mercancía singular, lógicamente, “vale” cada vez menos, porque representa cada vez menos “substancia de trabajo”. De este modo se puede extrapolar un punto final absoluto en el que toda la sustancia de trabajo social quede reducida a una cantidad tan insignificante que la capacidad alucinada de los productos de representar valor se desmorone de manera real y se lleve al absurdo.

Si el modo de producción capitalista pudo reproducirse pese a esta autocontradicción lógica, fue solo gracias a su constante expansión. Cuanto menos valor – alias sustancia de trabajo– representaba cada mercancía tantas más mercancías debían producirse y venderse. Mientras la cantidad de mercancías producidas se expandiera más deprisa de lo que se reducía la sustancia de trabajo y valor de cada mercancía, el colapso del sistema se aplazaba. Se trataba de atiborrar el mundo con mercancías y de condicionar a los seres humanos de acuerdo con ello, organizando su vida desde una producción incesante de mercancías y un consumo cada vez mayor. A decir verdad, en la historia interna del capitalismo y de su imposición histórica, el movimiento de expansión experimentó estancamientos y crisis, pero siempre consiguió ponerse de nuevo en marcha.

En este nivel se ubicaba la famosa “ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio” de Marx. La tasa de beneficio es la relación de la ganancia empresarial respecto al conjunto de costes previos. Al final del proceso de reproducción de un capital hay que recuperar los costes previos y, además, conseguir un excedente. Los costes previos tienen dos componentes: los costes del capital físico (edificios, máquinas y material de procesamiento) y los costes de los asalariados. Dado que el valor de los componentes materiales muertos se reproduce en los productos de manera invariable a través del proceso de producción (o, dicho en el lenguaje de la alucinación fetichista, la sustancia del valor se “traslada” en cierta medida a los productos a través del desgaste de los materiales), el excedente solo puede provenir de la fuerza de trabajo viva, que produce substancia de valor adicional más allá de su propia reproducción, alimentando así a los autómatas sociales.

De mismo modo que la sustancia del valor de cada mercancía se reduce a causa de la sustitución de la fuerza de trabajo por los agregados científico-técnicos, por el mismo proceso cae también la tasa de beneficio del correspondiente capital monetario de una determinada magnitud. Pues si se incrementa la parte relativa de los componentes materiales muertos que solo se reproducen y no crean ninguna substancia de valor excedente, mientras disminuye correspondientemente la parte relativa de la fuerza de trabajo, que es la única que añade substancia de valor, entonces también la ganancia ha de reducirse cada vez más en relación con el conjunto de capital empleado. En otras palabras, para conseguir el mismo beneficio se precisan costes previos cada vez mayores.

Pero, como dice la propia expresión, la “caída tendencial de la tasa de beneficio” solo es una magnitud relativa, que por tanto no marca en modo alguno (como se supone a menudo equivocadamente) el límite absoluto del modo de producción capitalista. La caída de la tasa de beneficio no es más que la forma en que se manifiesta la autocontradicción capitalista en el movimiento de expansión compensatorio. Al igual que la reducción de la sustancia del valor en cada mercancía es compensada –y sobrecompensada– porque la producción de más mercancías se expande más deprisa, de modo que a pesar de todo se “produce” más sustancia de valor, por el mismo proceso se compensa –y sobrecompensa– la caída de la tasa de beneficio invirtiendo más capital monetario de lo que se reduce la tasa de beneficio del capital monetario singular en cada caso. La tasa (relativa) de beneficio puede caer, pero a pesar de ello la masa (absoluta) de beneficio aumenta.

Este carácter puramente relativo de la caída de la tasa de beneficio se revela también en lo que Marx llamara las “causas que contrarrestan”, la más importante de las cuales es el abaratamiento del “capital constante” (es decir, el capital físico muerto). Cuando el aumento de la productividad en la producción de medios de producción (bienes de inversión) es mayor que el aumento de la productividad en conjunto, los bienes de capital físico se abaratan más de lo que se reduce la parte de fuerza de trabajo viva por capital monetario. De modo que la tasa de beneficio puede detenerse en su caída o puede incluso aumentar pese a que la “masa técnico-material” de capital físico muerto se siga incrementando en relación con la fuerza de trabajo empleable de forma rentable. Sin embargo, como las categorías capitalistas se refieren exclusivamente a la abstracción real de la sustancia del valor, tan solo importan sus relaciones cuantitativas. Si el rápido abaratamiento del capital físico puede parar la caída de la tasa de beneficio, al mismo tiempo –visto de manera absoluta– ésta es parte integrante de la reducción de la sustancia del valor por mercancía, ya que tiene validez tanto para el aumento de la productividad en la producción de bienes de inversión como en la producción de bienes de consumo.

Lo que se produce en las crisis no es una caída reforzada de la tasa relativa de beneficio, sino una caída de la masa absoluta de beneficio; esto es, se detiene el movimiento de expansión compensadora y, con ello, la producción a nivel social general. Lo único relativo en esas crisis es que están limitadas en el tiempo, es decir, que se refieren a una determinada constelación de un desarrollo capitalista que aún no se ha cerrado. Marx consideró como posibilidad abstracta (y en los Grundrisse como punto final lógico) una constelación sin salida en la que el movimiento de expansión compensadora ya no pudiera ponerse en marcha, la masa absoluta de beneficio se desplomara y la mayoría de la población quedara “fuera de circulación”, porque en el grado alcanzado de cientifización (y con ello de sustitución de fuerza de trabajo por agregados técnicos) la producción de “sustancia del valor” ya no alcanza una dimensión socialmente relevante.

El desmoronamiento de la sustancia del valor pasa entonces de manera definitiva e irreversible de un estatus relativo (caída de la tasa de beneficio) a uno absoluto (caída de masa de beneficio); algo visible en la suspensión masiva de la producción y en un desempleo masivo y duradero. Si se mantienen las formas de relación capitalista basadas en el intercambio universal de mercancías, el mercado de trabajo y el “ganar dinero”, se produciría la absurda situación de que la sociedad caería en la miseria pese a que todos los factores materiales de producción de riqueza están sobradamente disponibles.

A esta absurdidad nos lleva hoy a pasos agigantados la tercera revolución industrial de la microelectrónica. Lo que Marx expresó de manera lacónica como una “lógica final” abstracta y aún lejana, aparece en la realidad social en forma de nuevos potenciales de racionalización y automatización que empiezan a surtir efecto después de un largo periodo de incubación (los primeros debates al respecto datan de los años 1950 y 1960), aunque dichos potenciales están lejos de estar agotados. El desempleo estructural masivo (otros fenómenos a tener en cuenta son los bajos salarios, la ayuda social, la producción de vertedero y otras formas análogas de miseria) revela que el movimiento histórico de expansión compensadora del capital está llegando a un punto muerto.

Si esa paralización se manifiesta de entrada solo en el plano social y no como desplome de la masa absoluta de beneficio, generándose así la ilusión de una acumulación de capital sin la correspondiente substancia de trabajo, esto ocurre porque la reproducción ampliada de la substancia del valor y del trabajo, que ya no funciona en el plano de la economía real (de la producción y venta de bienes), es simulada por un cierto período de tiempo por medio del sistema de crédito y el desacoplamiento de los mercados financieros especulativos. El crédito (es decir, la masa de los ahorros monetarios de una sociedad, recogidos en el sistema bancario y prestados a cambio de intereses para objetivos de inversión o consumo) es ciertamente un fenómeno capitalista completamente normal, pero ha ido ganando relevancia con la creciente velocidad del movimiento de expansión capitalista. Consiste en echar mano de futuros ingresos monetarios (es decir, también del gasto futuro de fuerza de trabajo y la futura formación de sustancia del valor), para mantener en marcha el funcionamiento actual. En este fenómeno, así como en la “desubstancialización” del dinero a través de su desacoplamiento de la substancia real del valor del oro desde la I Guerra Mundial, se esboza ya desde comienzos del siglo XX el límite interno del proceso de valorización que hoy se nos aproxima de modo más real.

La expansión compensadora y, con ella, la constante ampliación de la masa de beneficio a la vez que la tasa de beneficio tiende a caer pudo continuar mientras los futuros ingresos monetarios se produjeran efectivamente sobre la base de una substancia real del valor (e incluso de la condición de los intereses). Entretanto, cuanto más se ve imposibilitado todo esto por la tercera revolución industrial, cuando ya no se realiza la sustancia real del valor, tanto más intensa y masiva se vuelve la huida al crédito, tanto más abrupta y profunda ha de ser entonces la caída en una crisis financiera generalizada. El consumo estatal financiado a crédito ya ha llegado en todo el mundo al límite de esta reproducción simulada; pero también el consumo de masas privado financiado a crédito y el saqueo de los ahorros, herencias, etc. para poder consumir, así como la disolución de las reservas ocultas en las empresas, el constante descenso de la cuota de capital propio y, sobre todo, la creación de “capital ficticio” a través de una subida sin precedentes de los precios de las acciones (en relación con el crecimiento de la economía real) revela que la prolongación simulada de la expansión capitalista comienza a alcanzar su zona límite extrema.

La grotesca ilusión de una forma de proceso infinito sin contenido sustancial pudo aparentar solidez en la actual época del “capitalismo de casino” y de la “vida a crédito”, porque el derrumbe de la superestructura financiera desvinculada y sin sustancia solo se produce tras un cierto tiempo de incubación. Los tiempos de ejecución del sistema de crédito se mueven entre los extremos de un día y de varios años o décadas, y además esporádicamente es posible volver a “renegociar las deudas”; y la burbuja del valor de las acciones que se hincha de modo aparentemente discrecional necesita de una causa externa para que se produzca su inevitable estallido. Pero en la medida en que se haga realidad la “desvalorización del valor”, se revelará también para todos el fin en sí mismo fetichista del modo de producción en su conjunto –y con ello quedarán históricamente en ridículo tanto el pensamiento teórico como también el sentido común en las formas “relacionales” del intercambio omniabarcante de mercancías–.

3. UTOPÍA Y ECONOMÍA PLANIFICADA

No es en absoluto casual que el movimiento obrero histórico, con su carácter positivista, no se dirigiera a liberar la producción de riqueza de la forma restrictiva y – en sus efectos– absurda del “trabajo” y su forma valor, sino a la supuesta “liberación” de la substancia fetichista misma (“liberación del trabajo”) y a la propia “participación justa” en las ganancias del gasto irracional de energía humana. Por ello este gran movimiento social se convirtió involuntariamente en promotor del modo de producción capitalista, logrando establecer las condiciones para su universalización combatiendo a los torpes representantes de las relaciones capitalistas subdesarrolladas. La “lucha de clases” marxiana resultó ser el movimiento Inmanente del propio capitalismo y no un movimiento de abolición capaz de trascenderlo, como creía Marx.

El movimiento obrero se constituyó en sujeto y –al mismo tiempo– en el idiota del sistema moderno del fetichismo de la mercancía. Junto con la substancia de trabajo abstracta y la forma universal de valor de la reproducción social positivizó todas las categorías estructurales de la sociedad capitalista, se las apropió y las convirtió hiperbólicamente en condiciones ontológicas de la existencia humana. De la misma manera que se asumió el mercado de trabajo, el salario y el intercambio de mercancías, también se asumieron el aparato de Estado (la administración abstracta de seres humanos), la nación y la economía nacional, la economía de empresa y la policía secreta, la pequeña familia y sus lazos de sangre y la automobilización, etc., y se les dotó de un carácter “socialista”. Figuras como Blair, Schröder, Clement o, al otro lado del mundo, Gorbatschow, Yeltsin y Cía. no son sino la etapa final de ese malentendido histórico. Desde esta perspectiva inmanente al sistema, la crisis no podía expandirse hasta llegar al desmoronamiento absoluto y sin salida de la producción sustancial de “valor”, porque en ese caso todo el constructo de la autocompresión positivista quedaría obsoleto. En lo que se refiere a la conservación de la sustancia del trabajo que debía dar soporte al socialismo en un futuro incierto, la ideología del movimiento obrero fue casi ingenuamente optimista.

Esta compresión deficiente del capitalismo no podía dejar de repercutir en las ideas acerca de una sociedad postcapitalista. El propio Marx solo mencionó en unos pocos pasajes que la sustancia del trabajo y la forma de valor debían desaparecer con la superación del fetichismo social. Por lo demás, se obstinó en mantener una ontología sustancial del “trabajo”, incluso y sobre todo en el socialismo, frente al que la superación de la forma fetiche en una “asociación de hombres libres” queda más bien poco clara. Dado que el movimiento obrero, en cuanto agencia de modernización, volvía a hundirse en la inconsciencia de la forma social, al socialismo no le quedaba otra opción que la idea de una planificación estatal de los quanta de trabajo de la sociedad. La pretendida planificación social “por adelantado” quedó paradójicamente remitida a las categorías fetiche de una socialización “a posteriori”. Precisamente por ello tuvo que ser asumida por una burocracia estatal moderna. En la teoría de Marx, el aparato del Estado se define como un órgano especial separado, que por esa razón no puede actuar como institución de una sociedad organizada conscientemente, sino solo como agencia de administración externa de seres humanos en nombre del fin en sí mismo del capitalismo, que se da por supuesto.

Tanto la comprensión programática del socialismo de la socialdemocracia occidental como la praxis real del socialismo de Estado en los países del Este fueron, en este sentido, malas “utopías del trabajo”, esto es, manifestaciones paradójicas de un “país de nunca jamás” salidas del paradójico proceso de modernización, en el que el fetichismo no superado del fin en sí mismo de la substancia del trabajo y la forma valor en la “ciudad del sol proletaria” no sólo debía acabar con las absurdas restricciones capitalistas de la producción de riqueza, sino también llevar a un paradisíaco final de la historia. Esta elevación metafísica de la finalidad resultaba necesaria por la sospecha de que todo era un autoengaño, que debía resonar sin cesar en el universo imaginario de las utopías del trabajo. En la medida en que se intentó “realizar” ese “país de nunca jamás”, fue bien en formas de terrorismo de Estado que en último término fracasaron, o bien –como hizo la socialdemocracia occidental– llevar directamente a la integración en el aparato burocrático y estatal capitalista.

Las ideas aparentemente más radicales en esta historia quedaron atrapadas en los fenómenos de la superficie del capitalismo, de modo que solo pudieron absolutizar las categorías subyacentes o las conformadoras del otro polo de la misma socialización negativa; pero esto fue así porque en realidad no eran suficientemente radicales. Sobre todo, la idea de “eliminar del dinero”, en cuanto radicalismo superficial que emergía esporádicamente, solo pudo presentarse como destrucción de un factor mediador en el contexto del persistente movimiento fetichista de la substancia, movimiento que entonces únicamente podía encontrar realización como terrorismo directo de Estado. En este sentido, el régimen terrorista de un Pol Pot repetidamente evocado es más bien el extravío de una dictadura de la modernización “rezagada” que un intento fracasado de superar el sistema productor de mercancías. Una “eliminación del dinero” emancipadora solo se podría conseguir eliminando la substancia del trabajo, su forma valor y el aparato del Estado, que forma parte de ella y es externo a la sociedad. No es precisamente el Marx “esotérico” y crítico del fetichismo el que se habría realizado en cierta medida en Pol Pot y al que por ello habría que rechazar con todos los signos del espanto. Ese Marx es precisamente aquel para quien la superación de la forma mercancía (y con ella del dinero en cuanto fin en sí y médium) no solo es idéntica con la obsolescencia del “trabajo” abstracto, sino también con un “repliegue del Estado en la sociedad”. La teoría de Marx, en su lectura no positivista, define el dinero y el Estado como los dos polos de la universalidad negativa y abstracta en una sociedad que no tiene conciencia de sí misma ni es dueña de sí, porque en su reproducción se ha producido una inversión entre el fin y los medios, entre lo abstracto y lo concreto.

Si en lugar de una superación emancipadora de la totalidad negativa ha de movilizarse al Estado absolutizado contra el dinero, ese intento llevará a la catástrofe social y moral, lo mismo que la absolutización inversa del dinero frente a la regulación estatal. Pero el actual consenso de las élites neoliberales está acometiendo precisamente ese intento, que es como una imagen invertida de Pol Pot. El trabajo burocrático forzado para quienes reciben ayudas sociales, las restricciones en la provisión de medicamentos y los ataques de Skinheads a hogares de discapacitados son también “rastros de Pol Pot” en la sociedad democrática occidental, y también lo es el odio pragmático que se extiende por doquier contra la reflexión intelectual. Se trata de la rabia del dinero desbocado y sin sujeto, rabia que, en definitiva, en una crisis de la sociedad del trabajo cada vez más sin salida, amenaza con empujar al régimen liberal-democrático occidental hacia la producción de calvarios como aquel salvaje régimen total en Asia Oriental.

La débil nostalgia keynesiana que actualmente se extiende por Europa no puede dar cuenta de la amenaza histórica, pues ella misma no es sino el reflejo cadavérico de un reflejo descolorido del marxismo positivista del trabajo, un marxismo él mismo originalmente cadavérico; sin embargo, presiente la amenaza, y por ello quisiera restablecer el equilibrio de ambos polos de la socialización negativa sobre la base de la substancia del trabajo, que implora casi con fervor. Pero cuando esa substancia de desmorona irreversiblemente, y por ello el dinero y el Estado, como polos de la universidad abstracta, no pueden ya dar soporte a la reproducción social, no tiene ningún sentido apelar a “alianzas por el trabajo” y a un “retorno a la regulación estatal”.

Históricamente resulta ineludible una negación de la socialización negativa misma, esto es, la liberación de la producción de riqueza de las restricciones del sistema moderno de producción de mercancías. Bajo las condiciones de la tercera revolución industrial tanto la planificación de “quanta de trabajo” se ha vuelto obsoleta y absurda, como también el reparto según “quanta de rendimiento” de los individuos singulares que gastan energía productora de abstracción (esto es, según la participación real o supuesta en la masa de sustancia de la sociedad). El grado de socialización ha alcanzado un nivel tal que el “rendimiento” no es individualmente atribuible ni tiene un peso decisivo. Más bien se trata de un uso razonable de los agregados científico-técnicos y de su empleo planificado. En este sentido, un acuerdo consciente en sociedad no es posible ni en la forma fetichista del valor ni por medio de un aparato burocrático estatal, sino solo más allá del mercado y el Estado, a través de la decisión “por adelantado” sobre el flujo de recursos con la participación de todos los miembros de la sociedad. El activo social de tiempo necesario para ello existe ya sobradamente gracias al desarrollo de las fuerzas productivas, pero en las condiciones de un sistema productor de mercancías no puede aparecer más que en la forma negativa de “desempleo masivo”.

Para el modo de producción capitalista el comunismo de Marx es y permanece el espectro de la crítica radical. Sin embargo, mientras la teoría de Marx se siga interpretando en la vieja lectura obsoleta del marxismo obrero, ese espectro está condenado a ser inofensivo. La ley objetiva del colapso de la substancia fetichista se cumple igualmente sin crítica, pero entonces también sin esperanza.


Nota de Breviarium.digital: Tomado de la traducción al español de la Revista Constelaciones.

Nota de Constelaciones: (Robert Kurz) Filósofo, escritor y teórico social fallecido en julio de 2012. Ha sido uno de los principales impulsores de la Crítica del Valor. El artículo que reproducimos es una traducción del aparecido en Zeitschrift für kritische Theorie, 7/1998, pág. 85-103. Con ello ofrecemos en lengua castellana un texto básico de la interpretación de Marx en la “crítica del valor”. Agradecemos a Roswitha Scholz el permiso para publicar el texto. El resumen y las palabras clave provienen de la redacción de Constelaciones

Traducción del alemán de José A. Zamora y Jordi Maiso.

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Robert Kurz
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Robert Kurz (1943-2012) estudió filosofía, historia y pedagogía. Fue cofundador y editor de la revista teórica: EXIT-Crítica y crisis de la sociedad de la mercancía ("EXIT-Kritik und Krise der Warengesellschaft" ). El área de sus obras incluye la teoría de la crisis y la modernización, el análisis crítico del sistema del mundo capitalista, la crítica del iluminismo y la relación entre cultura y economía. Su libro El Colapso de la modernización (1991), editado en Brasil, así como O Retorno de Potemkine (1994) y El último combate (1998) provocaron una fenomenal discusión, no solo en Alemania. Recientemente publicó Schwarzbuch Kapitalismus (El Libro Negro del capitalismo) en 1999, Weltordnungskrieg (La guerra del ordenamiento del mundo), Die Antideutsche Ideologie (La ideología antialemana) en 2003 y Blutige Vernunft (La razón sangrienta) en 2004. Nota: esta cuenta de autor es controlada por la administración de Breviarium.digital y fue creada con el objeto de dar crédito por el texto y facilitar las búsquedas con su nombre.

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