La nueva simultaneidad histórica

La nueva simultaneidad histórica

El fin de la modernización y el comienzo de otra historia mundial.

Robert Kurz

El debate sobre la globalización parece haber llegado actualmente a un estado de agotamiento. Eso no se debe a una extenuación del proceso subyacente, sino a la falta de aire para nuevas ideas interpretativas. Casi nadie se atreve a hablar del fin de la historia de la modernización. Es cierto que mientras tanto ya se escribieron bibliotecas enteras sobre el hecho de la globalización del capital (la dispersión transnacional de las funciones económicas) quedando diluida la separación entre la economía nacional y el mercado mundial y, con ella, todo el marco referencial anterior. Pero las consecuencias a sacar de ese reconocimiento se retrasaron hasta ahora la mayor parte de las veces. Los antiguos conceptos van todavía a remolque, aunque ya no correspondan a la nueva realidad.

Durante largo tiempo fue considerado el sumum de la reflexión crítica hacer valer la particularidad nacional frente a la universalidad abstracta del moderno modo de producción capitalista. En los años 70, el llamado eurocomunismo afirmaba que la teoría marxista había sido frecuentemente demasiado universal y, por consiguiente, debía ser finalmente “concretada” en términos nacionales, a fin de crear un socialismo popular con los “colores” de Francia, de Alemania, de Italia etc. Pero ese enunciado ya era reaccionario en el mismo momento de su formulación. En el proceso de la globalización, la relación acabó invirtiéndose. La propia particularidad nacional se convirtió en abstracción vacía, todavía presente, es verdad, pero solo como sedimento de una época ya pasada. La historia es nacional solamente a título de historia del pasado, pero no ya del futuro. De ahora en delante ya no habrá más historia francesa, alemana, brasileña, china… La concreción histórica en el espacio referencial inmediato de la sociedad mundial ya no se referirá más en el futuro a las particularidades y a los contextos nacionales, sino a los transnacionales. Eso se aplica también (y directamente) a identidades culturales, movimientos sociales y conflictos “post-políticos”.

La comunidad nacional violentada no es, sin embargo, la única característica esencial de la época pasada que se vuelve obsoleta. La estructura espacial de las particularidades nacionales recíprocamente delimitadas estaba también encadenada a una estructura temporal de etapas del desarrollo capitalista recíprocamente delimitadas. El universo de las naciones era un universo de no-simultaneidad histórica. Visto que el moderno sistema productor de mercancías solo se había extendido gradualmente a partir de Europa en los siglos XIX y XX, las diversas edades del capitalismo se encontraron inmediatamente unas al lado de las otras. Lo que todavía era el futuro para unos era para otros el presente o enseguida el pasado. Ese desnivel del tiempo histórico produjo por si solo el paradigma del “desarrollo”, que en las categorías capitalistas se presentaba como una carrera de recuperación de los retrasados históricos. Gran Bretaña, Alemania y otros países continentales europeos pasaron en el siglo XIX por una “modernización recuperadora” similar; en el siglo XX, frente a Occidente, Rusia, China y los países excoloniales del sur global se limitaron a repetir la misma cosa. La nación se convirtió aquí en el espacio específico de la no-simultaneidad histórica.

El movimiento obrero occidental clásico también estuvo determinado por un paradigma análogo; solo que aquí la “modernización recuperadora” no se refería, o por lo menos no en primera línea, a la posición de la propia nación frente a las naciones más avanzadas, sino sobretodo a la posición jurídica y política del trabajador asalariado frente a otras clases sociales, en el interior de la misma nación. Estaba en juego el “reconocimiento” de los asalariados como sujetos jurídicos de su fuerza de trabajo y como plenos ciudadanos. El derecho de voto universal e igual, la igualdad jurídica de las mujeres, el derecho de huelga, la libertad de asociación, la libertad de reunión y la autonomía en la negociación salarial eran contenidos importantes de esa “modernización recuperadora” ligada a las relaciones sociales internas, que solo se consiguió, incluso en los países occidentales más avanzados, en el curso del siglo XX. El reconocimiento externo de los retrasados históricos del este y del sur, como naciones en el mercado mundial, correspondía al reconocimiento político y jurídico interno de los asalariados como ciudadanos y sujetos de derecho.

Pero ese reconocimiento fue, en cierto sentido, una trampa histórica. Pues, en la medida en que las sociedades de las diversas regiones mundiales fueron confirmadas y establecidas como sujetos formales del capitalismo de la misma manera que los asalariados individuales, estaban de este modo también condenadas inevitablemente a las formas nacionales y sociales del moderno sistema productor de mercancías. Tanto los Estados de la “modernización recuperadora” como los partidos obreros y los sindicatos nacionales sufrieron una mutación, pasando a ser ejecutores de las falsas “leyes naturales” de ese sistema. Bajo las condiciones de la globalización, no les queda a todos ellos nada más que administrar de manera más o menos represiva la crisis capitalista. Lo que la social-democracia ya había practicado previamente desde la Primera Guerra Mundial se repite ahora a escala global.

Tal vez se piense que ese desarrollo negativo empalideció la gloria de la “liberación nacional” y de los partidos obreros nacionales. En cierto modo también es así. En todo el mundo arde una fuerte insatisfacción con las instancias políticas de la izquierda tradicional, que perdieron por completo su calidad de oposición justamente en la hora de la nueva crisis mundial, puesto que permanecieron ligadas a los paradigmas de la “modernización recuperadora”, vaciados ya de sustancia. Pero esos paradigmas están arraigados tan profundamente que siguen siendo eficaces hasta entre los propios descontentos. Hay algo de fantasmático en la manera como la nueva oposición, dirigiéndose contra la ex-oposición ingresada en la representación del sistema dominante, se atiene ciegamente a los patrones obsoletos del universo sumergido de la no-simultaneidad. La crítica a la coadministración de la crisis en la que participan los antiguos movimientos de liberación nacional y los partidos obreros tradicionales que llegaron al poder, se revela así débil y poco fidedigna, ya que quiere repetir en el contenido, una vez más, lo que objetivamente fracasó hace mucho tiempo.

Esto es más llamativo en el movimiento mundial contra la globalización, con sus protestas, fórums sociales y conferencias en Porto Alegre, Paris, Berlín etc. Ese movimiento está por un lado organizado de forma transnacional, pero, paradójicamente, cuenta, además de sus miembros, con articulaciones partidistas nacionales junto a los grupos operantes en el ámbito transnacional; entre ellas hay incluso aquellas cuyas organizaciones maternas se encuentran en el gobierno y ejecutan exactamente las “leyes económicas” contra cuyos efectos lucha el movimiento social global.

Pero el contenido de la mayoría de las reivindicaciones es el que principalmente permanece extraño por completo al proceso de la globalización. Parcialmente transnacional por lo menos según su forma, al movimiento le gustaría alcanzar una “regulación política” de los mercados financieros y de las condiciones generales de la producción de mercancías y de la distribución, aunque la lógica de una tal regulación estuviera ligada al marco del Estado nacional. Por lo tanto se quiere reanimar, a partir de ese momento incluso en el ámbito global, justamente el procedimiento que ya fracasó históricamente en el ámbito del Estado nacional, el único adecuado para él. Es una opción irremediablemente anacrónica e irreal.

Esa crítica reductora continua partiendo implícitamente de que las sociedades todavía podrían “crecer” en el marco de la modernidad burguesa, a pesar de que la globalización y la tercera revolución industrial ya han reventado ese marco. Eso se aplica también a las suposiciones de fondo económicas y filosóficas, que se revelan igualmente anacrónicas.

En el aspecto económico se trata de la expectativa de que la masa gigantesca de fuerza de trabajo global y barata representaría todavía una reserva para la valorización del capital, ahora ya no bajo la forma de un desarrollo nacional sino bajo la forma de capital globalizado transnacional. Los unos esperan y los otros temen que pueda surgir de ahí, una vez más, una era de explotación tradicional. En parte esa alternativa se apoya en el concepto de ” productividad social media “. Ese grado medio de cientificación de la producción es relativamente alto en los países capitalistas desarrollados y relativamente bajo en los países de la periferia. Se espera pues que se produzca con la globalización creciente una nueva media de productividad en el ámbito mundial, que sería más baja en comparación con la actual media occidental y más alta en comparación con la actual del este y del sur. Sobre la base de ese nuevo standard, se cree que será posible absorber una parte considerable de la reserva momentáneamente inutilizada de la fuerza de trabajo global en el proceso de valorización del capital.

Pero ese cálculo no funciona. ¿Cómo se mide la media de la productividad? Se mide de acuerdo con el grado medio de la cientificación tecnológica de la producción. Sin embargo es decisivo el marco al que se refiere realmente esa media. Es inequívocamente el marco económico-nacional de la producción social. Solo en el espacio interno de una economía nacional se aplican las condiciones-limite comunes que pueden producir de modo general algo como una “media social”. Forman parte de ello un nivel común de desarrollo de la infraestructura, del sistema de educación etc. En el ámbito del mercado mundial, sin embargo, no existen condiciones-limite comunes de esa especie. Por ese motivo, tampoco se puede establecer un nivel medio global de productividad. La relación de las naciones o de las regiones mundiales en el mercado mundial no presenta ninguna analogía con las empresas dentro de una economía nacional. De ese modo, en el marco global se impone forzosamente el nivel de productividad de los países industriales más antiguos de Occidente, más desarrollados en términos capitalistas. En la misma medida en que el espacio nacional se vuelve objetivamente obsoleto por causa de la globalización, ese nivel forma el criterio global inmediato y sin filtro para todos los participantes del mercado. Es ilusoria la esperanza de que, en el nuevo sistema transnacional de referencias, la media de la productividad social media llegue a disminuir y que la fuerza de trabajo inutilizada se articule de nuevo más fácilmente en la producción.

En el aspecto filosófico, una expectativa análogamente anacrónica determina el pensamiento de los insatisfechos. Porque la filosofía del llamado Iluminismo, cuyos fundamentos se sentaron en el siglo XVIII, es considerada todavía el horizonte infranqueable de las ideas. Se hacen la cuenta de que el mundo podría, también en ese sentido, seguir desenvolviéndose en el marco de la modernidad burguesa. En cuanto a esto, la nueva oposición no da precisamente ningún paso más allá de la vieja. Pero el paradigma del Iluminismo está igualmente agotado en cuanto a la economía del moderno sistema productor de mercancías, del que fue simplemente la expresión filosófica. Las ideas iluministas centrales de “libertad”, “igualdad” y de “auto-responsabilidad” del “individuo autónomo” están, según su concepto, talladas para la forma capitalista del sujeto del “trabajo abstracto” (Marx), de la economía empresarial, del mercado totalitario y de la competencia universal. Libertad e igualdad en el sentido del Iluminismo fueron siempre idénticas a la autosumisión de los hombres a las formas sociales del sistema capitalista.

La lucha del movimiento obrero clásico y de los movimientos de liberación nacional por el “reconocimiento” jurídico y político podía apelar a la filosofía del Iluminismo porque solo tenía por objetivo entrar y crecer en esas formas, cuya condición-limite social fue formada por la nación exactamente como en el aspecto económico. Solo hay sistemas nacionales de derecho burgués. Al reventar el marco nacional, la globalización hace obsoleta no solo la forma económica, sino también la forma jurídica y política del sujeto burgués. Con eso la filosofía del Iluminismo está históricamente acabada. No tiene ningún sentido invocar de nuevo el idealismo de la libertad burguesa, pues para esa especie de libertad no hay ningún espacio más de emancipación. Esto se aplica también a las regiones mundiales que nunca fueron más allá de los comienzos dictatoriales de una universalización de la forma moderna del sujeto. Como la productividad económica, también la subjetividad burguesa se mide por el standard global homogéneo, donde no caben la mayoría de los seres humanos.

Evidentemente el nuevo movimiento social en todo el mundo todavía no tomó conciencia de esas condiciones. La constitución de las estructuras transnacionales del capital es idéntica a una época de simultaneidad histórica. A pesar de que las situaciones desde el punto de partida, heredadas del pasado, sean distintas, los problemas del futuro solo pueden ser formulados como problemas comunes a una sociedad mundial inmediata. De acuerdo tanto con la forma como con el contenido, los viejos paradigmas de la izquierda son obsoletos: nación, regulación política, reconocimiento burgués, Iluminismo. La crítica debe ser más profunda y entender los presupuestos represivos de esos conceptos en lugar de reclamar sus ideales. De lo contrario cae en el vacío sin efecto alguno.


Original alemán Die neue historische Gleichzeitigkeit. Das Ende der Modernisierung und der Beginn einer anderen Weltgeschichte. Publicado en el periódico “Folha de São Paulo”, domingo 25 de enero de 2004, con el título de A nova simultaneidade histórica. A crítica precisa apreender os pressupostos repressivos dos obsoletos paradigmas da esquerda.


Traducción de Luiz Repa.

Traducción del portugués al español: Contracorriente: m.vallseca + @telefonica.net

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Robert Kurz
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Robert Kurz (1943-2012) estudió filosofía, historia y pedagogía. Fue cofundador y editor de la revista teórica: EXIT-Crítica y crisis de la sociedad de la mercancía ("EXIT-Kritik und Krise der Warengesellschaft" ). El área de sus obras incluye la teoría de la crisis y la modernización, el análisis crítico del sistema del mundo capitalista, la crítica del iluminismo y la relación entre cultura y economía. Su libro El Colapso de la modernización (1991), editado en Brasil, así como O Retorno de Potemkine (1994) y El último combate (1998) provocaron una fenomenal discusión, no solo en Alemania. Recientemente publicó Schwarzbuch Kapitalismus (El Libro Negro del capitalismo) en 1999, Weltordnungskrieg (La guerra del ordenamiento del mundo), Die Antideutsche Ideologie (La ideología antialemana) en 2003 y Blutige Vernunft (La razón sangrienta) en 2004. Nota: esta cuenta de autor es controlada por la administración de Breviarium.digital y fue creada con el objeto de dar crédito por el texto y facilitar las búsquedas con su nombre.

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