El neozapatismo como movimiento social

El neozapatismo como movimiento social

Este ensayo fue publicado originalmente en:

Calderón, José M., y Alfonso Bello. La hidra multicéfala. Los rostros del capitalismo que muta: globalización, privatismo, democratismo y violencia. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2010.


El general José María Arteaga, jefe militar del Ejército del Centro sale de Guadalajara ante el avance de las tropas franco mexicanas y se interna en el Estado de Michoacán, donde será capturado y fusilado por sus enemigos. Este pasaje del siglo XIX, que se consigna en las historias regionales que se disputan su lugar de nacimiento, no mencionan un par de hechos curiosos de este personaje: dos documentos que yacen en las viejas colecciones de leyes que nadie consulta.  La primera disposición  es un reglamento para la formación de guerrillas  que, como es obvio, se dictaba para impedir o retardar el avance del enemigo. Sus estipulaciones eran un compendio de los conocimientos acumulados sobre cómo organizarse, operar y cegar aprovisionamientos para obstaculizar la marcha del ejército enemigo. La otra disposición, dictada poco tiempo después, derogaba el citado reglamento por un motivo que no despertaba mayor interés por su lógica: los guerrilleros que convocaba la patria combinaron su patriotismo con operaciones como tomas de haciendas y la persecución de los señores que estaban al frente de estos negocios. El ataque a la propiedad era para el general Arteaga más grave que la invasión francesa.

Esta digresión inicial evoca la experiencia a veces olvidada de la distinción entre dominados y dominadores que hoy se traduciría como representados y representantes. La defensa de la propiedad privada era prioritaria; lo secundario era la pugna entre administradores de distinta nacionalidad. Pero no se piense que esa elevada concepción política era inspiración del general Arteaga. La iniciativa para la creación de guerrillas tenía un origen federal, concretamente del gabinete liberal que huía al norte, el cual dispuso en su “Reglamento para el servicio de guerrillas”, que su convocatoria siendo discrecional, limitaba la acción armada a un radio de diez leguas del enemigo: más allá de las diez leguas, los guerrilleros perderían su calidad y serían castigados como cuadrillas de ladrones (Dublán y Lozano, 1876: n.466). Más allá del ingrediente anecdótico que exhibe el origen del patriotismo de nuestros liberales del siglo XIX, existe ese elemento cuya obvia presencia hace que pase desapercibido: la separación insuperable entre Estado, administración, instituciones y el pueblo.  En el ejemplo anterior, Juárez determinará con base en un criterio de distancia quién es patriota o bandido; más tarde, Arteaga, en plena fuga, dictaminará que la discrecionalidad de la guerrilla es un bandidismo intolerable que debe ser perseguido. El recuerdo de estos hechos de los consumadores de la nacionalidad, cuyas imágenes y dichos invocan tanto los demagogos contemporáneos, si bien aclaran la forma de operar de los gobiernos y la significación misma del Estado, no dejan ver los mecanismos de dominación no violenta que legitiman la represión y, desde luego, las formas de oposición y su efectividad. Estas últimas se dirigen al objeto del presente artículo y se refieren a los movimientos que se presumen revolucionarios.

Hoy, cuando no hay más publicitado que los movimientos político-sociales se retorna a la inquietud aquella de Agamben (2006), que se lamentaba de compartir con muchos el estudio y tratamiento de los movimientos sin haberse preguntado sobre su conceptualización. Ocupado en esta tarea, Agamben repasa omisiones y acercamientos de autores y se detiene en Carl Schmitt, jurista cercano a los nazis que, dice, fue el que más se aproximó a la definición de movimiento a partir de sus estudios sobre el Reich nazi, en los cuales se articulaba la base de sustentación de aquel régimen: Estado-movimiento-pueblo, donde el primero era lo estático y el segundo el elemento dinámico que creaba y sostenía a la parte no política que era el pueblo. La tesis de Schmitt, según Agamben, tiene una orientación biopolítica que transforma la noción de pueblo en población y que conduce al racismo, por lo cual aconseja recurrir al concepto elaborado por Aristóteles, donde movimiento es la relación sin fin, imperfecta, entre potencia y acto. Finalmente, Agamben propone una definición provisional: movimiento es aquello que, si existe, es como si no existiese (incompleto) y cuando no existe, es como si existiese (se excede) y termina añadiendo que existe un umbral de indeterminación entre el exceso y la carencia que marca el límite y el residuo de cualquier política en su imperfección constitutiva.

Sin inclinarse por las definiciones anteriores y sus aproximaciones, vale decir, sin embargo, que podrán ser útiles para el intento de comprensión del neozapatismo, tan difícil de aprehender por su actualidad, indefiniciones conceptuales, la cauda de enemigos sistémicos y sus corrientes laudatorias que desde enero de 1994, han ido estableciendo este fenómeno social en la vida cotidiana del país, hermanados en una tarea común: volverlo imperceptible.

Sorprende que un grupo que se internó en la selva, integrándose a las comunidades indígenas ahí asentadas, se preparara durante diez años para hacer la guerra al Estado y combatiera sólo doce días. Este hecho ha suscitado innumerables interpretaciones que van, desde la toma de conciencia de los rebeldes ante su descalabro militar, hasta la ejecución de un ingenioso plan revolucionario que rompe todas las tradiciones insurreccionales. Estudiosos hay que sin ocultar su simpatía por el movimiento lo dividen en dos periodos. El primero sería la preparación y la guerra de los doce días, y el segundo pasaría a ser una representación, más concretamente, un espectáculo, entendiendo por éste, no una farsa sino una serie de transformaciones en las formas de lucha de los neozapatistas, obligados por los cambios de la realidad política. Otra connotación de espectáculo, más crítica, quizá podría aplicarse en este caso y sería la conocida de Debord (1977), ya que después de los combates la confrontación pasa de ser a parecer, y aquel impulso de vida combativa se convierte en contemplación pasiva de otras vidas, sujeta a los vaivenes del acontecer político nacional.

Existe también una variante interpretativa muy común entre los estudiosos del movimiento  que elogia la habilidad de Marcos por la utilización de los medios para promocionar y difundir su causa (Hilsenbeck e Cabral, 2004), con todo y que advierte sobre los riesgos de la desviación de los aspectos más destacables de la lucha hacia la conformación de un liderazgo carismático, que contradice el discurso colectivista y democratizante del neozapatismo, pues finalmente, éste es el discurso del líder político-militar.

Voces que se presumen críticas denuncian desde un viejo bolchevismo hoy anacrónico que el neozapatismo, y su líder, practican un guerrillerismo indígena mediático (Moctezuma Escobedo, 2007). Con un resumen abultado de datos de una supuesta historia del EZLN, señalan tanto desviaciones ideológicas, como su recurrencia estalinista del frente popular, su militarismo apoyado en las tesis maoístas, la experiencia cubana, y el olvido del partido clasista necesario como vanguardia revolucionaria del proletariado, debido, según afirman, al desmantelamiento de sus redes urbanas. La primera Declaración de la Selva Lacandona sería la mejor prueba de lo anterior, pues dicen,  su retórica corresponde al estilo de los frentes político-militares de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, que enarbolaban el llamado marxismo latinoamericano y que tiene como sustrato  el “realismo mágico,” creado por escritores como Ciro Alegría, Rulfo, García Márquez, etc., etc. Tal marxismo, expresan estos críticos, ha sido metamorfoseado por Marcos para interpretar la realidad en la forma de metáforas entresacadas del Popol Vuh.

Sabido es que el valor de la crítica descansa en el marco teórico que la organiza. La anterior interpretación del accionar neozapatista y su discurso, pese a contar con elementos de interés para la concepción del movimiento, se hace desde el legado histórico del bolchevismo o leninismo, cuyo derrumbe aún no es asimilado por sus creyentes, mucho menos examinado críticamente, dejando de lado supuestos errores instrumentales y vicios organizativos que encubren la esencia del desaparecido sistema soviético.

Tratar de interpretar el neozapatismo por lo que dice la catarata textual y verbal de su dirigente militar sería perderse en una selva como la que sirve de fondo al movimiento. Adherentes, críticos del apoyo condicionado, contestadores oficiales y privados de paga por dicterio y calumnia, acumulan un inmenso acervo que pulula en la red, diarios, libros, revistas, afiches, juguetes, prendedores, etc. Al paso del tiempo el neozapatismo tiene ya un lugar reconocido en la sociedad mexicana y la llamada clase política que, de buena o mala gana, parece haber asimilado la existencia de una expresión social de orígenes remotos, casi virtuales, que hace política desde una pantalla de guerra.

Más allá del código de los gestores o administradores públicos nacionales, que sería una jerga vulgar del código comunicativo de los sistemas políticos desarrollados, y que sintetiza los elementos discursivos integrales de las llamadas izquierdas y derechas, existe una franja de reflexión crítica que por principio metodológico desecha las expresiones de un sentimentalismo patético que oscila entre la sociología y la antropología autóctonas. Ésta, denuncia esa pastosa connivencia de intereses que degradan la significación de las palabras, con el fin de compartir claves de entendimiento y confrontación, no desde aquel nivel superior que pregonaban los que se sentían superiores, sino desde las cañerías sociales donde se desarrolla su política.

No se trata de ponderar una operación hermenéutica que busque legitimar elementos de sentido común desde la soledad de un texto, sino de establecer una distancia significativa entre lo que se dice y lo que se hace.

La jerga política encubre propósitos y fragmenta relaciones sociales;  los conceptos pierden su contenido histórico, su desarrollo actual y se extravían en una maraña polisémica que crea guetos de interés. La falsa coherencia y comunicabilidad del discurso político no sólo encadena la dominación, sino que hace participar al conjunto de conglomerados sociales involucrados en la operación del sistema al lado de los que invocan propósitos de emancipación.

En este punto, cabe exponer una serie de supuestos sobre el neozapatismo que serán seguidos de algunas reflexiones sobre los textos de las Declaraciones de la Selva Lacandona, pues éstas constituyen una serie de informes de actividades donde se exponen tanto las pretensiones como los resultados del movimiento.

Los iniciadores de la guerrilla traban relación con los indígenas en un territorio poco atendido por el sistema político. Con el intercambio de conocimientos y experiencias se estructura con los años un proyecto de estabilización y desarrollo de una sociedad agraria sustentada en una comunidad político-militar con fines de autodefensa. La cohesión étnica de base territorial permite la labor ideológica y organizativa, pero una vez agotado este espacio operativo, se presenta el riesgo de colisión. Otros intereses, otras etnias organizadas bajo el control de sectores locales y regionales donde se mezclan políticos, ganaderos y agricultores capitalistas, constituyen un freno definitivo a la expansión del proyecto. Si el propósito original del movimiento hubiera sido la guerra para la captura del aparato estatal usando los medios y usos tradicionales, no se habría hecho un motivo central la recuperación, por llamarla de algún modo, de un medio de producción tan desacreditado como es la tierra.

El proyecto agrario de las etnias se resuelve en el territorio, y la expresión política original de los ideólogos mira a la Nación, pero no como una amenaza guerrera, sino como punta de lanza para penetrar una sociedad “ocupada” por muchos intereses. Tal vez ésta sea una manera aproximada de entender la paradoja citada de la larga preparación para una guerra que se consuma en sólo doce días. Aquí no hay lugar para alimentar la jerga política que alude al fin de los combates por el extrañamiento soberano de una entidad imaginaria que llaman  sociedad civil, aunque salga de la boca del líder emancipador. Y es que fuera de la especulación propia de los gabinetes académicos, sería difícil concebir a una “sociedad civil” como un todo estructurado que pueda coordinar sus acciones con asociaciones libres de la influencia del poder y, más aún, constatar también, teóricamente, que la existencia de la sociedad civil se condiciona a que el conjunto de las asociaciones que la integran sea capaz de determinar o influenciar el curso de las políticas del Estado (Vieira, 2006).

Penetrar la sociedad es incursionar en áreas privativas controladas por mecanismos complejos que se entrecruzan, se rechazan y comparten una dinámica común: su reproducción. Dos objetivos parecen prioritarios para el movimiento, deslegitimar al Estado y socavar la credibilidad, si esto fuera posible, de las dirigencias partidarias que se asumen como izquierda legal, por medio de convocatorias comunes para acciones  reivindicativas, directas, que las reglas del sistema político rechazan porque violentan los procedimientos institucionales. En este reto clientelar los partidos ceden contingentes y corren el peligro de fracturarse, aunque coquetean con esta posibilidad para someter al movimiento y apoderarse no sólo de sus efectivos, sino de sus demandas y así negociar con los poderes del Estado; un beneficio adicional para los partidos sería el manejo de un grupo de presión contra los gobiernos, creando o amplificando conflictos con fines electorales.

Una vez establecida la tregua, la penetración mediática en sectores sociales se orienta por los canales de dominación establecidos. Esto explicaría la sucesión de protestas y movilizaciones, pues los ajustes de control, discursivos y físicos, a menudo ven disminuida su efectividad por su aplicación cotidiana. Prensa, radio, televisión, revistas, centros de estudios, iglesias y organismos privados, aun atacando al movimiento, se ven obligados a presentar referentes que hagan creíbles sus discursos, esparciendo a su pesar las ideas y los hechos que condenan. Como en las tareas diarias, en las cuales los humanos reproducen las condiciones de existencia del sistema, al mismo tiempo que propician su agotamiento (Perlman, 1969), las prácticas políticas cotidianas reproducen la ideología dominante la cual es sometida a un desgaste por su lógica historicidad. En la confrontación de textos y palabras dirigidos a una masa anónima, ensimismada y contemplativa se vislumbra ya la definición política y se descorre el velo de los mitos sociales, de las soberanías populares, las correspondencias y mediaciones que legitiman las iniciativas de emancipación y su represión. La nación, el pueblo, la sociedad civil, la población, en tanto conceptos que se invocan como destino último para reformar o socavar las bases de la reproducción social, sólo son aprehendidos si se asocian al concepto de autoridad. Conceptos totalizadores que se traducen vulgarmente como “lo que debe cuidarse” en todas las proclamas y proyectos políticos, saturados de ese paternalismo-poder que se ejerce por el bien y el cuidado de los otros y que se muestra sin tapujos en el ámbito de los gestores o administradores públicos (Sennett, 1982), y en los aspirantes a niveladores sociales.

En esta pugna que dura ya catorce años, los frutos de la labor del neozapatismo fuera de la selva no parecen alentadores. Aquella Declaración  de 1993, tan guerrera con su interpretación patriótica de la historia mexicana de los buenos contra los malos, si bien suscitaba recelos en las reducidas áreas ilustradas de la población, por otra parte se justificaba pues iba dirigida a sectores populares con un bagaje adquirido en un sistema escolar sustentado en la ignorancia y el autoritarismo, el cual se complementa con la poderosa e inevitable instrucción del folclor fílmico nativo, sin olvidar las telenovelas históricas que en su momento causaron furor, y que hasta la fecha recrean simbolismos, como el mito de la austeridad juarista, que el afamado líder socialdemócrata de la izquierda responsable, López Obrador, usa a menudo como elemento importante de sus discursos. Los puntos concretos por los que el EZLN hace la guerra se contienen en la clasificación que hacen los juristas de los derechos humanos (Núñez Palacios, 1998), a partir de su contenido: de primera, segunda y tercera generación, y se refieren a los derechos civiles y políticos, a los derechos económicos, sociales y culturales, y a los de solidaridad (paz, defensa, desarrollo, etc.). Así, la lucha neozapatista es por trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz (EZLN, 1993). La suma de estos derechos se ha constituido en una especie de bandera de una corriente ideológica conocida como ciudadanismo, de origen francés, que sostiene que la democracia es capaz de oponerse al capitalismo, para lo cual pretenden constituirse en una mediación que corrija desviaciones y al mismo tiempo proteja la acción del Estado.

Unos meses después, la siguiente convocatoria va dirigida a la sociedad civil y a los partidos políticos independientes, con la propuesta de discutir sobre la democracia y la formación de un organismo aglutinador, tipo frente, para decidir la formación de un gobierno provisional o la participación en las elecciones que se acercan (EZLN, 1994). El organismo pensado, (Convención), estaría presidido por un civil, rodeado de personalidades públicas de “reconocido prestigio”. Como no se especifica a qué tipo de personalidades se refiere, quizá del epígrafe de esta 2ª Declaración, que corresponde a un periodista de la época de la revolución, se pueda inferir que es una invitación a los periodistas e intelectuales.

Pasadas las elecciones de 1994, Marcos dirige sus baterías a los partidos políticos de oposición, acusándolos de gradualismo y claudicación (EZLN, 1995), declarando que el fraude electoral hace necesaria la formación de un movimiento para la liberación nacional encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, como frente amplio, donde cabrían militantes de partidos, en tanto que en la Convención se agruparían los sin partido. En este momento Marcos busca un reparto de efectivos para dar cuerpo  a una organización civil neozapatista y lanzar por delante al frente amplio, porque no es creíble que después de 1988, el Ing. Cárdenas podría ser capaz de encabezar algún proyecto de oposición, y menos aún que el líder guerrillero hablara en serio.

Si en la anterior Declaración se aludía a la significación de las autonomías para la organización de las comunidades indígenas que apoyaban al movimiento, en la 4ª Declaración (EZLN, 1996), los neozapatistas dan otro paso hacia su estabilización, por medio de una consulta sobre la justeza de sus demandas y la intención de participar en la vida política civil del país. La construcción de los llamados Aguascalientes y la creación de una especie de brazo político, el Frente Zapatista de Liberación Nacional (FZLN), expresan la voluntad de trabajar políticamente desde sus comunidades y en el exterior sin padrinazgos ni condicionamientos, con sectores proclives al compromiso militante, y deslindar a su naciente organización política de las rutinas de la corrupción y el oportunismo propios de los partidos políticos. El FZLN no sería partido, no buscaría tomar del poder, y a sus miembros les estaría vedado aceptar puestos de representación o designación en el aparato estatal.

El estilo de la 4ª Declaración se encuadra en la crítica del grupo marxista tratada arriba. El llamado realismo mágico marca el texto, en lo que parece ser un retorno y una reformulación de sus convocatorias y encuentros, que es lo que caracteriza a este movimiento. Llama a una sociedad civil que se diluye en las penurias de la cotidianidad citadina, pues sus tiempos son breves y arrebatados, muy diferentes a los tiempos rurales. Los partidos políticos son cuadros estratificados de dirigentes sin militantes reales, que disputan e intercambian representaciones y designaciones de paga como forma de vida. Cualquier intento de acercamiento con éstos es un retroceso político. Pareciera que los neozapatistas han tocado las puertas equivocadas, incluso para deslegitimar y socavar estas expresiones de oportunismo sistémico que podrían integrar el llamado frente amplio. Los sin partido, cautivados por el levantamiento de 1994, más que por las demandas sociales cuya consecución se ve remota, a la vista de las experiencias históricas, difícilmente aceptarían embodegarse en un movimiento impreciso para la liberación nacional que sólo serviría como antesala preparatoria para acceder a la fase militante, si funcionara.

Dos años después aparece la 5ª Declaración (EZLN, 1998), en el marco de la lucha por la aprobación de la llamada Ley Cocopa, y de la coyuntura que ofrecen los resultados de las elecciones en la composición de las cámaras legislativas. Se reitera el llamamiento a la sociedad civil y a las organizaciones político-sociales independientes a sumarse a esta campaña ante el Congreso de la Unión por el reconocimiento de los derechos de los pueblos indios. La ruptura esperada sobreviene en 2001 con la aprobación de otra ley, a pesar de las movilizaciones y apoyos de las organizaciones sociales. En adelante, el EZLN rechazaría cualquier relación con los partidos políticos y en general con el gobierno, centrando su atención en organizaciones ajenas al oficialismo y gente sin partido. En lo interno, se dedicarán a organizar las Juntas de Buen Gobierno en sus municipios autónomos, de acuerdo con lo que señalaban  los Acuerdos de San Andrés.

Cercanas las elecciones presidenciales de 2006, y ante la posibilidad de que con el triunfo de López Obrador, éste llevara a cabo la represión contra el EZLN y las comunidades, apoyado en la legitimidad de las urnas, unido al hecho de que el candidato del PRD se asumía como de izquierda, deciden los guerrilleros una separación entre las administraciones comunitarias que serían civiles, y la dirigencia de su ejército, con el propósito de evitar el aniquilamiento de su población y base de apoyo.

Los cambios en la estrategia del EZLN debidos, según su dirigente, a la traición de la clase política, se conocen por la publicación de la Sexta Declaración (EZLN, 2005), donde se hace en la parte introductoria una extensa recapitulación de sus actividades desde 1994 en ese estilo usado por Marcos a menudo, imitando el habla de las comunidades como si fuera dirigida a un público infantil, lo cual tiene la ventaja adicional de no meterse en honduras conceptuales. En resumen, se busca de nuevo hacer alianzas, ahora sólo con organizaciones independientes, obreros, campesinos, etc., para construir un llamado programa nacional de lucha contra el capitalismo. Igual que en las anteriores Declaraciones, se insiste en la  vocación civil y pacífica de sus campañas, al tiempo que se  deslinda de cualquier grupo armado nacional o extranjero.

Saltar de un marco nacional, centrado en las reivindicaciones indígenas, a un espacio global es un cambio total de perspectiva programática. El EZLN, aparentemente desilusionado de la posibilidad de acuerdos con la clase política, decide asumir en adelante una posición  abiertamente antisistémica, es decir, anticapitalista, junto al movimiento altermundista. En esa indefinida sociedad civil a la cual cultiva sin provecho, se buscaría llegar a las clases y minorías oprimidas. La ruptura con la supuesta izquierda representada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), le restaba la cobertura política nacional para preservar en lo posible la integridad de sus comunidades, pues no sólo serían atacados, sino condenados al aislamiento por el medio de comunicación nacional que opera como difusor de los intereses de ese partido y que regularmente servía de conducto al EZLN para dirigirse a su público. En este punto surgen dudas sobre la coherencia de Marcos. Cuesta creer que esperara “sensibilidad” de los políticos perredistas, y en general de los legisladores para aprobar la iniciativa de la Cocopa, un militante cuya ideología, formada en la cultura del marxismo, lo impulsó hace muchos años a combatir por las armas a un sistema político que aún subsiste. Por otra parte, el aislamiento, el silencio en ciertos espacios mediáticos y la sensible pérdida de simpatía en algunos sectores puede atribuirse a que el EZLN transitaba socialmente en el mismo camino del PRD: los remanentes de aquella izquierda nacionalista, más que marxista, convertida generacionalmente en una serie de vagas expresiones culturales, que los servidores públicos asimilan y exponen como reivindicaciones salariales y de preservación de puestos de trabajo en sus actividades cotidianas, desde las instituciones administrativas, la salud, la economía y la educación, entre otras, sin olvidar a las empresas de participación estatal, en donde fluctúan políticamente y son atraídos por líderes y propuestas de movilización de los grupos que aspiran a dirigir el aparato estatal. Esta masa, que está y no está, es la que se disputan neozapatistas y perredistas, de tal modo que las dos posiciones dependen para su supervivencia, no tanto de su actividad programática, sino de las afinidades y correspondencias que guarden con ese conglomerado. El discurso del perredismo, concretamente el de su dirigencia y sus cuadros superiores que disfrutan de los subsidios partidarios y de la gestión político-administrativa, es una jerga redistributiva cautamente niveladora, que mezclan con su vocación burocrática y servil dirigida al  capital financiero, que es el que fija las reglas de las operaciones productivas y mercantiles en el país. Las reformas electorales últimas no contribuyeron al publicitado tránsito a la democracia, sino sólo a la sobrevivencia de los intereses que crearon las cuadrillas político-militares al fin de la guerra civil en 1917. Esa mezcolanza folclórica que se turna por ciclos administrativos para medrar con las máscaras de sus caudillos de ocasión, da vida a sus capitalistas y gerentes y arroja a la orfandad a muchos de sus hijos para que sobrevivan bajo otros nombres. La democracia, la verdadera, es decir, el mecanismo legitimador de la ilusión de la alternancia que facilita la reproducción del capital, bajo la simulación de la libertad personal, aceleraría el proceso globalizador liquidando trabas e intereses caciquiles administrativos y económicos, que son lo que aún representan los partidos políticos. La crisis de representación que sufren estas organizaciones y el sistema en general es la imposición neoliberal de una nueva identidad, la pura gerencial, que liquidó ya los antiguos programas de desarrollo social que materializaba en sus momentos demagógicos y populistas la llamada clase política. El espejismo del Estado de bienestar, que nunca dejó de ser eso, un espejismo, es el nexo de los partidos con su respectiva clientela; nexo efectivo en dos de ellos (PRI y PRD) y, por oposición obligada, del otro que hoy administra el poder ejecutivo federal.

En la mentalidad popular los beneficios y recompensas sociales proceden de acciones del aparato estatal, de modo que su distribución depende de la “voluntad política” del gobernante. La gente tiene claro que el camino al gobierno son las elecciones, lo cual implica, como es obvio, sujetarse a un sistema electoral. Aquí radica la ventaja del PRD sobre los neozapatistas, pues éstos dicen rechazar la política partidaria, tornando quiméricas las reivindicaciones de necesidad imperiosa para sobrevivir, aunque éstas sean en su mayoría sólo ilusiones que mueren y nacen con los cambios de los gestores públicos.

El EZLN comparte numerosos referentes históricos con el PRI y el PRD, los cuales son parte del discurso que fundamenta su programa social. Los enemigos actuales que remiten a la dualidad simplista de indios-conquistadores, insurgentes-realistas, liberales-conservadores, reformistas-imperialistas, revolucionarios-porfiristas, zapatistas-hacendados, villistas-carrancistas, etc.,etc., hasta llegar los del bando de los buenos de este lado contra los salinistas, entreguistas y neoliberales. Se cerca al PRD en su crítica a los gobiernos que sucedieron al de López Portillo por la eliminación paulatina de la seguridad social y el achicamiento del sector público, junto con la venta de las empresas estatales, la reducción y eliminación de los subsidios a los bienes y servicios, ordenados por las instituciones financieras internacionales. Su crítica al capital extranjero y a las transnacionales plantea una diferenciación entre éstos y un supuesto capital nacional, de pequeños y medianos empresarios patrióticos que dan empleo. Más todavía, pugna por una nueva constitución, pues argumenta que la actual constitución, tan manoseada,  “ya no es la que tenía los derechos y las libertades del pueblo trabajador”.

Si es grave carecer de una interpretación verdaderamente antisistémica y recurrir al viejo libreto patriótico priísta, modificando algunos aspectos del pasado reciente por utilidad de facción, más grave es repetir ese mito de la ignorancia que son los llamados derechos y libertades del pueblo trabajador contenidos en la Constitución. ¿Qué no se conoce cómo se elaboró la Constitución actual? ¿Desde cuándo un crítico social ignora qué es una Constitución más allá de las patrañas liberales del contractualismo? Quien afirme que conoce el mecanismo de la reproducción capitalista no puede pasar por alto un análisis serio del significado del Artículo 123 Constitucional y de las causas reales de su elaboración.

En estas circunstancias, pareciera que el EZLN buscaba en un primer momento romper la red clientelar del PRD, atrayendo a los elementos claves del sector público afectados por las amenazas de privatización de las empresas estatales de la seguridad social, de la educación y los recortes de empleos, cuya ramificación con vastos sectores de la población trabajadora los convierte en el eslabón indispensable para la movilización social. Sin embargo, la emergencia del fenómeno lopezobradorista impulsado por la gestión de la capital del país, diluyó el efecto desilusión causado por el clan cardenista. La oportunidad para desempatar estas tendencias reformistas tardó demasiado, pues el casi ganador de las elecciones tropezó con los recursos de contención del sistema por transgredir las corrientes discursivas dominantes sobre las virtudes de los mercados abiertos y acudir constantemente a la prédica populista, concitando nuevos fervores  hacia su persona.

El giro anunciado en la Sexta, con su camino local hacia la conformación de un programa nacional de lucha, se complementa con una inserción más decidida en los espacios del altermundismo, pues éste ofrece una cobertura mediática más efectiva para tratar de detener los intentos de aniquilación de su movimiento por medio de la denuncia y movilización, mientras espera la total descomposición de la clase política mexicana, posibilidad que el líder guerrillero ve más que próxima, una vez que habiendo caracterizado al sistema socioeconómico como neoliberal, tiene la certidumbre de que éste se orienta a liquidar al Estado-Nación con sus componentes, incluidos la clase política y sus relaciones de dominación (Subcomandante Marcos, 2006) Si se entiende generalmente por Estado-Nación una organización territorial, una población definida y un gobierno, no se comprende cómo el neoliberalismo, que domina al país, se encaminaría a destruir no sólo su base de sustentación, sino su propio aparato de gestión político- administrativo.

La espera de la descomposición de la clase política, podría justificarse desde otra perspectiva. La clase política en su conjunto no se descompone o disuelve, puesto que opera el aparato estatal, de modo que mientras no desaparezca éste, siempre habrá quien lo maneje. La descomposición del perredismo como opción política sí es más que posible, pero por otra razón que no expone Marcos y que ya se esbozó arriba: la obediencia a la instrucción perentoria de los agentes del capital financiero para que los programas políticos nacionales se orienten exclusivamente hacia la racionalidad administrativa, y se suprima cualquier gestión social, haciendo a un lado los obstáculos a la libertad de mercado en general, ha orientado las prácticas de esta facción burocrática, que verá desaparecer su influencia en las capas populares, pues su afán de sobrevivencia la hará emprender cualquier acción, por abyecta que ésta sea, para no desaparecer.

Después de estas consideraciones se plantea la cuestión más importante, ¿qué posibilidades de éxito tiene una lucha política que se declara antisistémica o anticapitalista con argumentos de reparación socialdemócrata? Esta forma de estatalismo de mediados del siglo pasado parece confiar en un ciclo desilusión-esperanza inagotable, sin desgaste en la imaginación popular, por ese don, (carisma) que los dioses conceden a unos pocos iluminados. Si es así, se estaría ante una concepción de la sociedad como un ente educable, dirigible, hacia fines y determinaciones no sólo del Estado, sino de las élites políticas, culturales y económicas de la sociedad (Sloterdijk,1999).

El camino del EZLN hacia la lucha civil pacífica y sus intentos de inserción en la llamada sociedad civil, al parecer fue decidido antes del primero de enero de 1994, y sería un acto de buena fe suponer como paradoja la aparente contradicción de un ejército que se acoge a la protección de la sociedad civil para eludir la represión, cuando esa decisión, en tanto condición de apoyo, cancela la posibilidad de reanudar los combates, debilitando su capacidad ofensiva y sus posiciones, alentando además los ataques contra sus comunidades (Figueiredo, 2003:327). La sociedad civil a la que recurre el EZLN en su última Declaración es bastante más reducida que la invocada en 1994. Los trabajadores del campo y la ciudad, los empleados estatales, las minorías excluidas de la normatividad cívica y cultural, y los estudiantes forman contingentes sociales bajo el cuidado y vigilancia de sus dominadores y representantes. Los estudiantes, que serían el sector más proclive en apariencia a la desvinculación del sistema, constituyen la masa más sujeta a la domesticación por la esencia autoritaria de las instituciones educativas, donde se reproducen los esquemas de la ideología imperante en la formación de cuadros técnicos para la operación y control del sistema económico-administrativo. La carrera profesoral auto educa en la sumisión y el conformismo productivista, al tiempo que ejerce una relación de poder sobre los estudiantes con el procedimiento elitista y excluyente de los exámenes, similar a las pruebas de admisión para empleo que practican los gestores privados (Tragtenberg, 2002). Los sectores mencionados antes, que se constituyen en los posibles receptores de los mensajes neozapatistas vienen de la tradición priísta de pan y palo aderezados por aquellos ecos del desarrollismo nacional capitalista como núcleo de los movimientos que pregonan la liberación nacional, y el viejo marxismo de la clase obrera que se centraba en las reivindicaciones salariales y los contratos de trabajo. Este reformismo hacia atrás no sólo domesticado, sino auto domesticado, es conducido por la reproducción capitalista actual que se desvaloriza inconteniblemente y lleva al desempleo y a la exclusión, por la emergencia de nuevos contingentes polifuncionales, dispuestos, flexibles y baratos, formados en más de dos décadas de vigencia de reformas estructurales y desarrollo productivo basado en la micro electrónica.

Un programa político de reminiscencias desarrollistas socialdemócratas parece desfasado por la realidad de la globalización, aun marchando con el altermundismo, pues éste también se refugia en el sueño del pasado social con una crítica, no sobre los fundamentos de la explotación, sino sólo sobre sus efectos. La espera de una coyuntura política o económica que favorezca una ruptura en el funcionamiento del sistema, opera contra las comunidades indígenas que se encuentran, como movimiento, en una indefinición territorial y jurídica ante una “normalización” de la situación previa al levantamiento. Las casi cotidianas agresiones de los grupos agrarios y ganaderos, clientes y sustento del gangsterismo político de priístas y perredistas, con padrinazgos centralistas, posibilita un próximo enfrentamiento armado. Esta vez, los neozapatistas están enterados de que la “sociedad civil” sólo acudirá  si se someten a los pastores de este atrasado parque humano. La definición platónica de la política como arte pastoril se mantiene vigente.

Referencias Bibliográficas

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José Villaseñor Cornejo
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Historiador especialista en Revolución Mexicana y Movimiento Obrero Mexicano. Co-autor del volumen 5 "En la revolución 1910-1917" de la colección "La Clase Obrera en la Historia de México", ed. Siglo XXI, y colaborador para varias publicaciones de la UNAM. Nota: esta cuenta de autor es controlada por la administración de Breviarium.digital y fue creada con el objeto de dar crédito por el texto y facilitar las búsquedas con su nombre.

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